jueves, 6 de junio de 2013

Los perdidos

 

Iban cultivando espacios bomba por ahí, aunque ya no se pudiera más. Berouz casi no veía y Siamak se tropezaba por el campo a causa de su sordera. Es que el viento les había dado siempre el sentido del equilibrio, y cuando todo estaba perdido, no les quedaba más que el aullido aterrador que se colaba entre las grietas de las montañas y la luz enceguecedora del sol asesino en los mediodías de plena guerra.
El Gavkosh había sido periódicamente el viento de la muerte, pero cesaba según la estación, dando treguas para que la tierra renaciera una vez más. Entonces aparecía el Jonoub, chillando desde el sur, preñado de humedad y verde, y con él las sonrisas de los campesinos y el alimento para todos. Nada era porque sí. Había una armonía rigurosa pero inequívoca con los vientos. Con la invasión, no.
Ya nadie la mencionaba, nadie decía nada. No quedaba ni una palabra por olvidar. La última se había resecado en el llanto inundado de arena del niño de Afarín. Ese jueves las mujeres sellaron sus matrices, incapaces de volver a dar a luz objetivos civiles para blancos militares. Era como si la vida se hubiera guardado para no humillarse ante la idiotez. “Jamás nos los volverán a arrancar,” musitaban todas las fecundas. A las estériles aparentemente les daba igual, pero cualquiera habría podido adivinar la amargura que significaba no poder siquiera proyectar la fertilidad en el vientre de otra.
Lo único que quedaba eran los ecos de la estridencia. Ésos seguían retumbando entre las antiguas paredes ambarinas de la piedra caliza, y Berouz sabía que los sonidos opacos no se disiparían nunca más, presos en el cerebro de Siamak desde la madrugada en que el estallido demasiado cercano le perforó los tímpanos al hermano y las esquirlas de un proyectil le dañaron las pupilas a él, como si las niñas más pequeñas e inexpertas hubieran estado aprendiendo a bordar con agujas viejas en sus ojos.
Uno sordo y el otro casi ciego no llegaban a hacer uno completo, pero así era desde el inicio de la locura: no existía más lo sano ni lo entero. Lo que había sobrevivido se veía ahora fraccionado, mutilado, cicatrizando a los tumbos de maneras bizarras e impredecibles, mientras la reverberación de los ruidos traicioneros rebotaba aún por las cañadas y las grietas de piedra.
Afarín se había quedado sin hilos para coser flores a los vestidos y ahora se hamacaba ausente en un rincón del caserío, indiferente a los escasos olores de comida que por todos los medios intentaban producir las demás mujeres. Ya no quería que Berouz la acariciara, y cuando el marido se le acercaba, sus ojos rasgados de dolor lo acicateaban de tal modo que él no se atrevía más que a alzar un poco las manos para transmitirle que no intentaría levantar su túnica en un amago por hacerle sentir la presencia de la vida. Y no porque él pudiera verle las pupilas como dagas, sino más bien porque percibía el muro de su rechazo. Las demás mujeres se cruzaban las miradas, temerosas de decirle a Afarín que Berouz no tenía la culpa de su infortunio.
Pero para la joven no había retorno al amor. Había escuchado a su hombre durante años hablando de política, de los cambios necesarios para el pueblo, de los beneficios de la lucha. Las palabras que Berouz profería en las asambleas del pueblo habían llegado con claridad amplificada hasta el fuego hogareño donde maceraba el khoresh. Por esos días Afarín amasaba el nan con más preocupación que anhelo, porque sabía que su marido podría convencer a los demás, empezando por Siamak, tres años menor que Berouz y a su cuidado desde la muerte temprana de sus padres. Para Siamak todo lo que el hermano mayor decía tenía valor de palabra sagrada. No para Afarín quien, sin atreverse a enunciarlo, había declarado su batalla interior a la vehemencia que nacía de su esposo así como al Innombrable y a sus noventa y nueve epítetos. Allah ya no significaba el bálsamo ni el alimento de su espíritu maltrecho. Era un macho más, como todos los de la aldea, insensible a la muerte de los hijos, incapaz de devolver la paz y la pureza de las sonrisas clementes a la gente de bien. Afarín estaba sola, igual que la luna helada en su viaje fatal por la noche, dispuesta a repetir su propia muerte con cada amanecer.
Una tarde de lunes en que el Jonoub parecía estar más cargado que nunca con la sal del Mar de Omán, Siamak salió solo a plantar espacios bomba. Los capaces habían decidido que era lo mejor: aislar su espacio natural con las PMA-2 olvidadas una vez por los invasores en una huida furtiva por causas jamás comprendidas. Así fue como los aldeanos se las habían apropiado unas semanas después del cese del fuego, cuando las hallaron en unos enormes cajones de madera a medio abrir. En la reunión de esa semana los incompetentes se habían atenido a la decisión de los capaces, como siempre lo habían hecho, siglo tras siglo, asintiendo como si comprendieran. Aceptaron que el escaso ganado estuviera a salvo en corrales precarios a orilla de las casas, y los pocos niños que se habían salvado se protegieran con la mirada vigilante de las madres. Ya no existía la posibilidad de verlos jugando por el campo abierto a riesgo de que les sucediese lo que al hijo de Afarín.
El grupo de trabajo, día tras día, salía a cultivar las semillas redondas y verdosas, repletas de explosivo, dejando libre sólo un corredor de entrada al pueblo que únicamente ellos y sus vecinos amigos conocían. Cualquier otro que se aventurara sin ser llamado perdería al menos una pierna, o tal vez la vida. Era lo justo. 
Ese lunes, sólo Siamak había partido a buscar los artefactos. Desde el interior del cajón de madera que los contenía lo deslumbró un resplandor radiante, como si el sol se hubiese derramado por el fondo oscuro. Temeroso y extasiado, acercó la mano y la lisura del vidrio se le pegó a la piel reseca. Extrajo entonces una botella casi llena de un líquido translúcido como las alas de una libélula, como una pócima de oro. Al igual que todos los incompetentes, Siamak no sabía leer, y menos esas letras extranjeras, tan lejanas e inservibles. Desenroscó la tapa lentamente y acercó el pico a la nariz. Lo que no tenía ya de oído lo había ganado en olfato, gusto y tacto. El punzante perfume a carbón vegetal y especias lo hizo toser. Bebió un trago de golpe y sintió que un fuego de gloria le estallaba adentro, como una semilla bomba pero inocua y deliciosa. Casi llena estaba la botella... Siamak se sentó a la sombra de los rayos intensos de la tarde y se dejó llevar por el río de oro que lo iba atravesando. Con cada trago se diluía el dolor eterno de las pérdidas, y la desesperanza arraigada en el alma iba dando lugar a una alegría olvidada, parte de algún recuerdo de la niñez.
Siamak llegó a la aldea sin saber bien cómo. El silencio de la tarde se agolpaba en cada umbral. Los capaces habían partido esa mañana para debatir con los vecinos de otras tres aldeas y no regresarían hasta el día siguiente. Llegó hasta la casucha de su hermano y entró sin llamar. El velo de Afarín colgaba de una silla como una señal que él quiso ver. El aire de la casa olía a mirra e incienso: aroma de hogar, perfume de hembra.   
No hubo gritos ni forcejeos inservibles. Cuando Afarín vio al hermano de su marido avanzar con paso cazador hacia ella, supo que de nada serviría luchar. Sus brazos flacos y su poca estatura entraban varias veces en la sombra inmensa del cuñado. Nada podía ya doler más que lo vivido así que se dejó manosear e invadir su intimidad protegida por tanto tiempo sin un suspiro ni un reproche. Pero cuando el incompetente se sentó en el camastro hediendo a alcohol y sudor, Afarín vio en él a Berouz, y con él al enjambre masculino que con sus palabras idiotas y sus asambleas huecas habían trastocado la vida en muerte, transformándolos a todos en los perdidos. Siamak respiraba con pesadez, percibiendo quizá que no debía moverse de allí.
Afarín no tuvo más que extender su brazo. La vieja cajita de madera labrada que solía contener mil hilos de colores, guardaba aún un par de agujas y una tijera. Fue fácil hundirla una y otra vez entre las costillas de Siamak. Tampoco hubo gritos ni forcejeos inservibles. De nada habría servido. Era lo justo.

                                                                                

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