Iban cultivando espacios bomba por ahí,
aunque ya no se pudiera más. Berouz casi no veía y Siamak se tropezaba por el
campo a causa de su sordera. Es que el viento les había dado siempre el sentido
del equilibrio, y cuando todo estaba perdido, no les quedaba más que el aullido
aterrador que se colaba entre las grietas de las montañas y la luz
enceguecedora del sol asesino en los mediodías de plena guerra.
El Gavkosh había sido periódicamente el
viento de la muerte, pero cesaba según la estación, dando treguas para que la
tierra renaciera una vez más. Entonces aparecía el Jonoub, chillando desde el
sur, preñado de humedad y verde, y con él las sonrisas de los campesinos y el
alimento para todos. Nada era porque sí. Había una armonía rigurosa pero
inequívoca con los vientos. Con la invasión, no.
Ya
nadie la mencionaba, nadie decía nada. No quedaba ni una palabra por olvidar.
La última se había resecado en el llanto inundado de arena del niño de Afarín.
Ese jueves las mujeres sellaron sus matrices, incapaces de volver a dar a luz
objetivos civiles para blancos militares. Era como si la vida se hubiera
guardado para no humillarse ante la idiotez. “Jamás nos los volverán a
arrancar,” musitaban todas las fecundas. A las estériles aparentemente les daba
igual, pero cualquiera habría podido adivinar la amargura que significaba no
poder siquiera proyectar la fertilidad en el vientre de otra.
Lo
único que quedaba eran los ecos de la estridencia. Ésos seguían retumbando
entre las antiguas paredes ambarinas de la piedra caliza, y Berouz sabía que
los sonidos opacos no se disiparían nunca más, presos en el cerebro de Siamak
desde la madrugada en que el estallido demasiado cercano le perforó los
tímpanos al hermano y las esquirlas de un proyectil le dañaron las pupilas a
él, como si las niñas más pequeñas e inexpertas hubieran estado aprendiendo a
bordar con agujas viejas en sus ojos.
Uno
sordo y el otro casi ciego no llegaban a hacer uno completo, pero así era desde
el inicio de la locura: no existía más lo sano ni lo entero. Lo que había
sobrevivido se veía ahora fraccionado, mutilado, cicatrizando a los tumbos de
maneras bizarras e impredecibles, mientras la reverberación de los ruidos
traicioneros rebotaba aún por las cañadas y las grietas de piedra.
Afarín
se había quedado sin hilos para coser flores a los vestidos y ahora se hamacaba
ausente en un rincón del caserío, indiferente a los escasos olores de comida
que por todos los medios intentaban producir las demás mujeres. Ya no quería que
Berouz la acariciara, y cuando el marido se le acercaba, sus ojos rasgados de
dolor lo acicateaban de tal modo que él no se atrevía más que a alzar un poco
las manos para transmitirle que no intentaría levantar su túnica en un amago
por hacerle sentir la presencia de la vida. Y no porque él pudiera verle las
pupilas como dagas, sino más bien porque percibía el muro de su rechazo. Las
demás mujeres se cruzaban las miradas, temerosas de decirle a Afarín que Berouz
no tenía la culpa de su infortunio.
Pero
para la joven no había retorno al amor. Había escuchado a su hombre durante
años hablando de política, de los cambios necesarios para el pueblo, de los
beneficios de la lucha. Las palabras que Berouz profería en las asambleas del
pueblo habían llegado con claridad amplificada hasta el fuego hogareño donde
maceraba el khoresh. Por esos días Afarín amasaba el nan
con más preocupación que anhelo, porque sabía que su
marido podría convencer a los demás, empezando por Siamak, tres años menor que
Berouz y a su cuidado desde la muerte temprana de sus padres. Para Siamak todo
lo que el hermano mayor decía tenía valor de palabra sagrada. No para Afarín
quien, sin atreverse a enunciarlo, había declarado su batalla interior a la
vehemencia que nacía de su esposo así como al Innombrable y a sus noventa y
nueve epítetos. Allah ya no significaba el bálsamo ni el alimento de su
espíritu maltrecho. Era un macho más, como todos los de la aldea, insensible a
la muerte de los hijos, incapaz de devolver la paz y la pureza de las sonrisas
clementes a la gente de bien. Afarín estaba sola, igual que la luna helada en
su viaje fatal por la noche, dispuesta a repetir su propia muerte con cada
amanecer.
Una
tarde de lunes en que el Jonoub parecía estar más cargado que nunca con la sal
del Mar de Omán, Siamak salió solo a plantar espacios bomba. Los capaces habían
decidido que era lo mejor: aislar su espacio natural con las PMA-2 olvidadas
una vez por los invasores en una huida furtiva por causas jamás comprendidas.
Así fue como los aldeanos se las habían apropiado unas semanas después del cese
del fuego, cuando las hallaron en unos enormes cajones de madera a medio abrir.
En la reunión de esa semana los incompetentes se habían atenido a la decisión
de los capaces, como siempre lo habían hecho, siglo tras siglo, asintiendo como
si comprendieran. Aceptaron que el escaso ganado estuviera a salvo en corrales
precarios a orilla de las casas, y los pocos niños que se habían salvado se
protegieran con la mirada vigilante de las madres. Ya no existía la posibilidad
de verlos jugando por el campo abierto a riesgo de que les sucediese lo que al
hijo de Afarín.
El
grupo de trabajo, día tras día, salía a cultivar las semillas redondas y
verdosas, repletas de explosivo, dejando libre sólo un corredor de entrada al
pueblo que únicamente ellos y sus vecinos amigos conocían. Cualquier otro que
se aventurara sin ser llamado perdería al menos una pierna, o tal vez la vida.
Era lo justo.
Ese
lunes, sólo Siamak había partido a buscar los artefactos. Desde el interior del
cajón de madera que los contenía lo deslumbró un resplandor radiante, como si
el sol se hubiese derramado por el fondo oscuro. Temeroso y extasiado, acercó
la mano y la lisura del vidrio se le pegó a la piel reseca. Extrajo entonces
una botella casi llena de un líquido translúcido como las alas de una libélula,
como una pócima de oro. Al igual que todos los incompetentes, Siamak no sabía
leer, y menos esas letras extranjeras, tan lejanas e inservibles. Desenroscó la
tapa lentamente y acercó el pico a la nariz. Lo que no tenía ya de oído lo
había ganado en olfato, gusto y tacto. El punzante perfume a carbón vegetal y
especias lo hizo toser. Bebió un trago de golpe y sintió que un fuego de gloria
le estallaba adentro, como una semilla bomba pero inocua y deliciosa. Casi
llena estaba la botella... Siamak se sentó a la sombra de los rayos intensos de
la tarde y se dejó llevar por el río de oro que lo iba atravesando. Con cada
trago se diluía el dolor eterno de las pérdidas, y la desesperanza arraigada en
el alma iba dando lugar a una alegría olvidada, parte de algún recuerdo de la
niñez.
Siamak
llegó a la aldea sin saber bien cómo. El silencio de la tarde se agolpaba en
cada umbral. Los capaces habían partido esa mañana para debatir con los vecinos
de otras tres aldeas y no regresarían hasta el día siguiente. Llegó hasta la
casucha de su hermano y entró sin llamar. El velo de Afarín colgaba de una
silla como una señal que él quiso ver. El aire de la casa olía a mirra e
incienso: aroma de hogar, perfume de hembra.
No
hubo gritos ni forcejeos inservibles. Cuando Afarín vio al hermano de su marido
avanzar con paso cazador hacia ella, supo que de nada serviría luchar. Sus
brazos flacos y su poca estatura entraban varias veces en la sombra inmensa del
cuñado. Nada podía ya doler más que lo vivido así que se dejó manosear e
invadir su intimidad protegida por tanto tiempo sin un suspiro ni un reproche.
Pero cuando el incompetente se sentó en el camastro hediendo a alcohol y sudor,
Afarín vio en él a Berouz, y con él al enjambre masculino que con sus palabras
idiotas y sus asambleas huecas habían trastocado la vida en muerte,
transformándolos a todos en los perdidos. Siamak respiraba con pesadez,
percibiendo quizá que no debía moverse de allí.
Afarín
no tuvo más que extender su brazo. La vieja cajita de madera labrada que solía
contener mil hilos de colores, guardaba aún un par de agujas y una tijera. Fue
fácil hundirla una y otra vez entre las costillas de Siamak. Tampoco hubo
gritos ni forcejeos inservibles. De nada habría servido. Era lo justo.
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