lunes, 24 de junio de 2013

El blog de Gustavo


 El domingo 12 de septiembre de 2004 Gustavo estaba vivo en Nueva York. Y escribía en su blog las cosas de siempre. Algunas que había vivido y otras que le habían contado mientras vivía haciendo giros y giros con su inteligencia impecable y mordaz. A cambio, el corazón le latía en desventaja. Él lo sabía pero no se daba por aludido porque nos dijo después Gian que no tenía obra social y que detestaba sentirse pobre cuando entraba a un hospital de la Gran Manzana y no podía pagar nada. ¿Para eso le servía el Social Security?
Tenía una vecina que cantaba mal pero le alegraba saberla ahí, con la ventana abierta cuando no hacía frío, desentonando canciones de moda y melodías de los años cuarenta, que habría cantado seguramente su madre. Era un modo de saber que el mundo seguía andando mientras él leía guiones ajenos para una productora que le pagaba lo mínimo para no morirse de hambre. Aunque no tuviera nunca lo suficiente como para volver a Buenos Aires ni pagarle una consulta privada a alguien que le anunciara lo que tenía que hacer con sus arterias antes que fallaran en un callejón demasiado angosto como para pegar la vuelta en U.
Escribía cosas geniales como: "L. me dice que en el libro de los conejitos que se suicidan hay uno que está abrazadito a la espalda de un japonés que está a punto de hacerse el harakiri, con la esperanza de ser atravesado por la misma espada." Me pregunté entonces a qué espalda se estaría abrazando él la madrugada cuando Gian no recibió más respuesta por el chat. Habían estado hablando de un proyecto nuevo de cine en el que íbamos a participar todos. Estaba empezando el lunes 25 de abril del 2005 y Gian se quedó colgado esperando la respuesta, sin imaginar que del otro lado del hemisferio la lanza había llegado al centro del corazón del amigo. El blog sigue ahí, acorazado en la nube que tanto le preocupaba, intacto, intangible, inverosímilmente presente, como una momia eterna que sigue sorprendiendo a quienes lo recordamos leyéndolo.

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