martes, 28 de mayo de 2013

 
Algo de papá

Lo que le faltaba a Aralia era paciencia con los empleados públicos. Al menos con los del cementerio, que le parecían una etnia especial dentro de la raza. ¿Por qué siempre hacían esperar a la gente? Para terminar de una santa vez con el trámite no le quedaba más que pasar el peso de un pie al otro, hasta que el hombrecito de sombras y cenizas se dignara regresar a su lado, portando la carpeta correspondiente a su caso.
Empleados públicos... Los detestó siempre porque de chica la obligaron a asistir al casamiento de la Tía Dolores con uno de ellos. Era evidente que Dolores,  la segunda más asquerosa de sus tías, no había tenido opción. Aralia estaba convencida de que nadie podía elegir a un hombre como el Tío Francisco si no era porque las oportunidades de encontrar un candidato mejor llegaban a cero. El Tío Francisco, además de trabajar para una insignificante dependencia del estado, era sucio, y ése no era el peor de sus vicios. Es que hacía ruidos, y no sólo con la boca y con los huesos. Además exudaba un mal olor perpetuo, como si se le hubiese muerto algo adentro y allí hubiera quedado depositado para tortura del que le tocara sentarse a su lado. Aralia se preguntaba si tendría los poros demasiado abiertos, porque la pestilencia le brotaba por la piel de manera escandalosa. Pero el infortunio familiar no acababa en esa estación.
El hecho es que la Tía Clara, hermana mayor de su madre, tampoco se había casado con un hombre normal. Al Tío Ubaldo le fallaba el azúcar. Aralia aprendió que eso se llamaba diabetes, pero no era el nombre lo que le molestaba sino el empecinamiento del tío por mostrarle a todo el mundo su desdicha y hacerle pagar por ello mediante una muestra permanente de pinchazos en la panza con una jeringa que descapuchaba con los dientes como a una lapicera  y clavaba en la grasa fofa de su abdomen, dondequiera que estuvieran, como si fuera un acto heroico. A veces le salía una gota de sangre, que él secaba con el dedo para chuparlo a continuación. Una vez, le ofreció la gota fresca a Aralia como quien ofrece una frutilla recién arrancada. Estaban por empezar a comer y Aralia tuvo que correr hasta el baño para vomitar todo el asco que le producía el mero pensamiento de esa sangre amarga en su boca. La familia en pleno se había reído del remilgue de Aralita, y el Tío Ubaldo se lo tomó como un número personal de circo que por años repitió hasta el hartazgo cada vez que la sobrina compartía una reunión familiar.
Entre las dos tías y su propia madre no hacían una mujer digna de la más básica admiración. Inesita, la menor de las tres hermanas, se había embarazado antes de que se le hubiese siquiera cruzado por la cabeza la idea de casamiento. Por esta razón, Aralia sintió siempre que su ingreso al mundo había sido obra de un estado caótico en el cielo, de un momento en que los astros extraviaron el camino para dar lugar a ese parto inesperado. Nació en el pasillo de su casa una madrugada en la que la neblina y una lluvia tan liviana como terca pugnaban por adueñarse del día. Para colmo el padre esperaba un varón. Y lo siguió esperando en vano por el resto de su existencia.  
No había sido fácil hacerse querer por un padre así. Aralia lo intentó de mil maneras: dejándose trenzar el pelo cada mañana y soportando los moños acartonados que su madre le ajustaba aunque ya nadie los usara, sólo porque el padre quería que estuviera prolija y decente. También se esforzaba por hacer las mejores piruetas en su presencia para demostrarle sus innatas dotes deportivas. Como si eso no bastara, sacaba las mejores notas año tras año cargando con la bandera que flameaba en cada acto, amenazándola con estamparla contra alguna pared o con hacerla remontar vuelo por los techos de la escuela. Todo era inútil. El padre no la veía. Estaba siempre ausente, aún cuando estaba presente, que era la peor de las ausencias.
Así transcurrió la vida familiar por muchos años, hasta que un día la madre entró a la cocina llorando a mares y le comunicó a Aralia que se divorciaría de su papá porque era un desgraciado de porquería. Aralia apoyó el tazón de té con leche y no le importó que el humo de la taza le empañara los cristales de sus anteojos. Mejor, así no veía del todo a la madre sacudiéndose entre sollozos contra la mesa de fórmica beige. Antes que se atreviera a preguntar algún por qué, la madre derramó todos sus venenos, acumulados por más dos décadas de fermentación. Así, de un saque, Aralia confirmó los motivos de las ausencias paternas: tenía otra mujer, desde hacía años, a la que le había comprado un departamento, y un auto, cuando ella, su legítima esposa y madre de su única hija a los ojos de Dios y la Iglesia, tenía que ir colgada del ciento doce si quería llegar hasta Rivadavia. No querían verlo nunca más en la vida.
Aralia escuchó el discurso furibundo sin pestañear. Imaginó que el “no querían” la incluía, pero no osó cuestionar nada. Sintió que se le tapaba la nariz con el dolor del corazón. No era tanto la pérdida de un padre ya que, a los fines prácticos, nunca había tenido uno de verdad, pero algo de la imagen de una familia en la foto quedaba borroneado, desaparecido, extinto para siempre, igual que el proceso inverso del revelado, cuando en la emulsión van apareciendo los contornos cada vez más precisos de las cosas retratadas.
Una semana más tarde, cuando la noticia se había esparcido por el barrio como harina sobre la mesada con un estornudo imprevisto, Aralia se dio cuenta de que en la casa no quedaba rastro alguno de su padre. Él se había ido sin despedirse siquiera, tragado por el embudo de un tornado arrasador y definitivo. La madre, presa de un afán por erradicarlo de la vida de ambas, había logrado extirpar hasta las huellas digitales del hombre sobre los picaportes. No quedaba una foto, ni una corbata, ni siquiera un diario leído y puesto de manera inigualable sobre la mesa ratona. Al cabo de un tiempo, cuando los chismes se aquietan y los recuerdos mejores parecen equiparar a los que se han ido, todos parecían guardar en la memoria momentos con su padre, todos menos Aralia, que estaba a punto de cumplir veintiún años. 
Con la mayoría de edad, la vida le regaló de pronto un novio para la madre. Inesita dejó de hablar del desgraciado-malagradecido de su ex para cantar por la casa mientras se estiraba una minifalda que la hacía parecer, a los ojos de la hija, una niña vieja. Tras cartón, llegó la noticia del accidente fatal del padre, desnucado en un accidente automovilístico entre San Pedro y San Nicolás. Aralia no pudo dejar de pensar que los santos no habían estado de su lado. Cuando la madre, con el pretexto del trabajo y el apoyo moral del novio, no quiso hacerse cargo de nada, Aralia se sonó la nariz y juntó fuerzas para ocuparse del entierro en la necrópolis municipal. Parcela 25, lote 18. Al menos ahora sabría dónde estaba el padre de una vez y para siempre.
Los siete años en que el Cementerio de la Chacarita prestaba su tierra a los difuntos de la ciudad se escurrieron velozmente. La nota solicitando la  presencia de un familiar en las oficinas del camposanto llegó a la casa de Aralia cuando su madre estaba de viaje acompañando al viejo novio, su concubino desde hacía un lustro. Una vez más, le tocaba a ella hacerse cargo.
Aralia seguía de pie ante el mostrador de la administración, pasando revista por los titulares de su vida, cuando el empleado del cementerio se dignó regresar y le hizo un gesto para que lo acompañara. Caminaron en silencio por los senderitos bordeados de un galimatías de tumbas, cruces y flores espantosas, mezcla de olor a podredumbre y pésimo gusto. Al llegar a la parcela precisa, dos hombres sudados ya habían removido la tierra y apilado los huesos. Aralia bajó la mirada al suelo y los miró con espanto y fascinación. Los restos de su padre no parecían suficientes para formar un esqueleto completo, pero no se atrevió a contradecir al empleado del cementerio cuando éste le anunció que eso era todo. Ella firmó la planilla y los hombres abrieron la pequeña urna, pero el paso seguro de Aralia los detuvo. Se acercó a los huesos y, sin dudarlo, levantó el cráneo, cuidando que no se desprendiera la mandíbula inferior. Con un pañuelo húmedo que tenía en el bolsillo lo limpió suavemente y ante el estupor de los empleados públicos, se lo guardó en el bolso y se alejó con paso corto y apurado.
Al llegar a la casa, lavó el cráneo con cuidado, lo secó con una toalla nueva y le hizo lugar sobre la cómoda de su cuarto. Finalmente ostentaría algo de papá. 

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