martes, 28 de mayo de 2013

 

Sueño de los mares

(Premio julio cortázar 2012)


Mica no había trabajado nunca en serio; sólo había ayudado alguno que otro sábado a su madre en la boutique que tenía en Pocitos[i] y su padre, como era habitual, la había llamado veinte mil veces para saber si estaba bien. Había sido como un juego eso de vender una blusa a una señora dispuesta a entretenerse en una típica mañana de aburrimiento burgués. Ella nunca sería así. Al final su padre se había puesto tan cargoso con eso de que estuviera en la tienda de la madre que, por no escucharlo, había dejado de ir. Detestaba discutir. Ya de eso había habido bastante antes del divorcio de sus padres. Para ellos el tema era que estudiara. Y en el fondo, para ella, también. Con su memoria exacerbada y su capacidad de razonamiento innato era lo que mejor sabía hacer, lo que había hecho siempre con garra charrúa[ii]. Así que había estudiado hasta graduarse, recibiendo a cambio casa, comida, linda ropa, vacaciones en Brasil en el verano y semanas de esquí en Argentina en el invierno, dinero suficiente para sus cosas y sonrisas con cada examen aprobado con diez en la universidad privada, digna extensión del colegio inglés donde se había formado. Pero ahora estaba a la deriva, en ese momento espantoso en el que había dejado de ser una estudiante aventajada para pasar a integrar el ejército de últimos orejones del tarro de los profesionales inexpertos.
En una noche de cervezas con sus amigas en un bar de la Rambla se le había evaporado lo suficiente la timidez como para hablar con Charlie, un inglés que andaba de paso por Montevideo. El tipo la doblaba en edad pero tenía mirada de buena gente. Le contó de su vida a bordo de un yate de lujo llamado Dream of the Seas[iii] y, por primera vez en la vida, Mica sintió que los pulmones se le llenaban de aire, como si hasta ese momento hubiera respirado sólo a medias. Charlie era tripulante del barco de un millonario ruso, magnate nuevo del acero. En la facu[iv] había tenido historia contemporánea y sabía que unos pocos en la ex Unión Soviética se habían vuelto ricos de la noche a la mañana cuando el régimen comunista cayó, comprando compañías semiquebradas al estado para transformarlas en auténticas minas de oro.
Mica se quedó pensando. Una vida a bordo de un yate de sesenta metros de largo navegando por los mares del mundo sonaba a todo lo que le gustaba: mar y sol, islas de clima acogedor, silencio y tranquilidad y, sobre todas las cosas, sonaba a estar lejos de las peleas familiares. “¿Hay trabajos así?” le preguntó al inglés. Él le sonrió con simpleza. “¡Claro! No es tan difícil conseguirlos,” agregó sin darse cuenta de lo que estaba suscitando en el interior de la chiquilina refinada de ojos tostados. “Tú, ¿cómo hiciste?” volvió a preguntar Mica. “Yo estaba cansado del frío,” dijo el hombre. Mica lo interrogó con la mirada. “En la torre de extracción de petróleo,” prosiguió él. “Al noroeste de Escocia; era tremendo. Así que durante unas vacaciones en Palma de Mallorca, conocí a un tipo.” Charlie se rió. “En un bar de la playa como éste,” dijo. “Él trabajaba en un yate y sabía que estaban buscando tripulante.” “Te presentaste y ¿listo?”. “Sí, y listo,” respondió Charlie quitándole importancia al asunto. Mica se despidió de su nuevo amigo esa noche, después de intercambiar direcciones de correo electrónico.
Al volver a su casa dio vueltas en la cama sin poder dormir de la excitación. El sol apenas empezaba a iluminar el Río de la Plata cuando se levantó, encendió su computadora y el teclado se inflamó de velocidad por mil y una páginas de Internet. Todo era uniformes impecables, aguas de estridente turquesa, barcos de blanco brillante y sonrisas de dientes lustrosos. Lo más cercano y seguro para buscar un puesto así parecía ser Miami. Había que llegar al estado de Florida en los Estados Unidos de un modo u otro.
Esperó a las siete y treinta y llamó a su padre. “¿Te has caído de la cama, muñequita?” le preguntó sorprendido. “Necesito hablar contigo, papá” fueron sus palabras precisas. “¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿De dónde me llamas?” “Tranquilo, papi, estoy en casa. Está todo bien. Mamá duerme y no se ha levantado ni la mucama todavía.” “¿Quieres que te pase a buscar para que desayunemos juntos?” A eso apuntaba exactamente Mica.
Una hora más tarde, padre e hija se miraban en silencio frente a dos tazas de café con leche en la esquina de 21 de Setiembre y Roque Graseras. “¿Un barco?” preguntó el padre más para aceptar la idea que esperando una respuesta. Ella fue tan convincente que el encuentro terminó con un abrazo apretado de ambos.
Un mes más tarde, Mica abordaba el Dream of the Seas en el puerto de Miami. Charlie la había presentado al dueño del barco, y con la excelente educación de la muchacha no fue difícil conseguir un puesto como stewardess. Eso era ser como una azafata en un barco, con la diferencia de que los pasajeros serían siempre la misma familia y algunos pocos amigos privilegiados. A Mica le pareció sencillísimo. No tenía más que ocuparse de que la zona de estar del barco estuviera limpia y servir la mesa cuatro veces al día. El salario era excelente y pensaba ahorrarlo casi todo, ya que a bordo no tendría en qué gastarlo. Habría tiempo para leer mirando el mar y no tener que escuchar a su madre despotricando contra su padre ni a él sobreprotegiéndola como si viviera en una zona de peligro totalmente desarmada. Un año para pensar en cómo seguir adelante con su vida.
Zarparon un día de brisa suave con el matrimonio dueño de la nave, su hija Nadia y la tripulación completa a bordo. Sus dieciséis compañeros de trabajo eran gente simple, como Charlie. Ninguno había estudiado en una universidad como ella. Sólo el chef neozelandés había pasado varios años en una alta escuela de cocina europea. Mica estaba convencida de que el nivel cultural de esa gente no sería un problema. De todas maneras, no tenía en mente hacerse amiga de ellos. El capitán, un escocés al que le decían “Bart” en chiste porque se apellidaba Simpson, les había dicho que tocarían varias islas del Caribe a lo largo de un mes y que luego Nadia se bajaría en Miami para regresar a Harvard en el jet de sus padres. A bordo todo se sabía porque se trataba de espacios enormes para tratarse de un barco familiar pero exiguos en lo que a intimidad se refería.
Nadia la intrigaba. A lo mejor porque tenía su edad, o porque después de tres días de navegación sólo una vez había pasado a su lado y la moscovita no le había dirigido ni una mirada. Se pasaba el día hablando por teléfono o haciéndose arreglar las uñas y el pelo por la asistente personal de su madre. Lo que más le sorprendía a Mica era el silencio entre ella y sus padres. En las comidas cada uno llegaba a la mesa en el momento en que quería. El padre en general era interrumpido por asuntos de trabajo, la madre no perdía oportunidad para quejarse ante su asistente de lo mal planchada que estaba su ropa, insistiendo en que debía estar todo doblado según una medida preestablecida, para que cupiera en los estantes de su vestidor, y Nadia parecía nutrirse del aire y de buenas dosis de vodka que nadie parecía notar que bebiera.
Mica compartía la cabina con una venezolana muy simpática. “Lo único que le gusta a la hija del jefe es estar de fiesta”, le había dicho la segunda noche. ¡Y vaya si ese barco lo permitía! Era mucho más lujoso de lo que hubiera podido imaginar, con una piscina en la popa y un jacuzzi con fondo de cristal en la proa, donde nunca vio meterse a nadie.
Una tarde, Mica estaba sentada en la alfombra mullida del salón principal limpiando los sillones de cuero cuando la joven rusa entró charlando por su celular. Al no percibir su presencia, Mica se quedó quieta, casi sin respirar, escuchando. Era obvio que Nadia hablaba a escondidas de sus padres y que se encontraría con esa persona en Saint Barth[v], adonde llegarían a la mañana siguiente. Mica registró la dirección adonde la rusa iría porque los próximos dos días estaría de franco y podría deambular por el nuevo destino a voluntad. Con la excusa de que quería conocer la isla por las suyas, al bajar del barco se separó de sus compañeros de trabajo y esperó dentro de un taxi a que Nadia saliera del yate en una moto alucinante. No fue fácil para el taxista seguirla por las callecitas angostas y empinadas bordeadas de plantas tropicales, porque la motociclista parecía desesperada por escurrirse de su vista. Finalmente la moto dobló por un sendero de tierra en la parte alta de la isla y Mica le pidió al taxista que se detuviera y la esperara un rato. El hombre protestó pero ella le ofreció una propina que no pudo rechazar. Bajó del coche y se internó entre las plantas frondosas procurando no ser vista. “¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Me volví loca?” se preguntaba sin detenerse. De repente oyó unas voces y se escondió detrás de la vegetación. Hablaban en un francés raro para ella, seguramente créole o patois[vi], según había leído, pero entendió que Nadia había llegado hasta allí para comprar droga. ¿Qué debía hacer? ¿Intervenir? ¿Impedir que se metiera en líos o dejarla con su vida? No tuvo mucho tiempo para pensar porque en ese momento entró por el sendero una camioneta negra con vidrios polarizados a toda velocidad. Dos hombres bajaron simultáneamente. Uno de ellos sacó un arma con silenciador y mató de un tiro certero al traficante rubio y flaquito. El otro levantó a Nadia por la cintura como si se tratara de una muñequita de trapo, la durmió con una gasa embebida en lo que podría haber sido cloroformo y la metió en la parte de atrás de la camioneta que su compañero había abierto. Hicieron marcha atrás con tanta violencia que Mica tuvo que echarse de espaldas para evitar que la atropellaran, y desaparecieron en un segundo. Un silencio de terror y de muerte se apoderó del lugar de repente, cortado solamente por el tambor ensordecedor en que se había convertido el corazón de la uruguaya curiosa. Se levantó despacio. Nadie más salió de la casita alguna vez blanca con techo de tejas viejas. Su ocupante yacía con los ojos abiertos y un gesto de sorpresa que ya nunca perdería. Mica corrió por el sendero hasta el taxi, que había quedado unos metros atrás por la calle asfaltada. El conductor dormía. Lo despertó sobresaltándolo y le pidió que la llevara lo más rápido posible nuevamente al puerto donde lo había tomado. La lancha de su jefe se mecía en la misma amarra pero ninguno de sus compañeros estaba a bordo. La desesperación de Mica crecía a cada instante. El Dream of the Seas descansaba blanco y bello en su ingenuidad millonaria a un par de kilómetros de la costa, inalcanzable como de pronto se le hizo a ella toda esa vida de lujos e incomprensión. A lo lejos le pareció reconocer una risa. Era Charlie y un par de compañeros más, sentados ante la mesa de un bar costero. Corrió hacia ellos mientras el llanto se le amontonaba en los ojos. Al verla aproximarse se levantaron asustados.
Unos minutos después, se acercaban ya al garaje del mega yate. Charlie acompañó a Mica hasta el puente.  Al ver al jefe, Mica se dio cuenta de que el hombre ya estaba al tanto de lo sucedido. Ella no hizo más que corroborar que el llamado que él acababa de recibir exigiendo un rescate millonario era verdadero: Nadia había sido secuestrada. Mica respondió lo mejor que pudo todas las preguntas. Nunca como ahora su memoria fotográfica le había sido más útil. Pudo describir desde la Toyota RAV4 negra con su patente hasta cada uno de los secuestradores con la precisión de una profesional y estaba segura de poder volver al lugar de los hechos sin confundir el camino. El magnate ruso se convirtió de pronto en un padre abrumado. La tomó de la mano bebiendo cada una de sus palabras conciente de que de su relato dependería en gran parte la recuperación de su hija. Llegaron unos policías vestidos de civil que montaron un operativo como los que Mica había visto en películas de acción hollywoodenses. Aparecieron helicópteros en el cielo y una docena de personas desconocidas a bordo no hacían más que dar órdenes por una docena de celulares. Un experto en identikits se sentó ante ella para empezar a reproducir los rasgos de los malvivientes según los datos que ella prodigaba. Pensó que el susto le habría hecho grabar sus facciones como si los hubiese conocido desde siempre. En una hora, no había duda de quiénes eran: viejos tripulantes del barco que el jefe había despedido por incompetentes hacía dos años.
La madre llegó al rato, cuando pudieron ubicarla en una galería de arte local en la otra punta de la isla. Se ubicó al otro lado de Mica, inmóvil y en silencio, mordiendo un pañuelito bordado que ya había empapado con lágrimas de impotencia.
Los rojos del atardecer fueron el color de la desesperación a bordo. Mica entendió el respeto y el cariño de los tripulantes hacia el jefe con su presencia alerta en el puente y en la cubierta superior, el dolor compartido por los padres de Nadia en el intercambio silencioso de miradas, el esfuerzo de la policía local ante la responsabilidad de un caso con aristas internacionales. Pensó en Nadia. No era su amiga pero podría haberlo sido. Pidió a Dios por ella y pensó en sus propios padres. Entendió de pronto los errores que cada uno puede cometer y las consecuencias dolorosas que tantas veces tienen para uno y para los demás.
El sonido de un helicóptero los sacó a todos de sus pensamientos. El jefe de policía en persona traía a Nadia, rescatada a tiempo cuando intentaban llevársela en una lancha a otra isla. Hubo suspiros y abrazos, aplausos y brindis. Nadia estaba descalza, tenía el maquillaje corrido y la ropa desaliñada, pero nunca Mica la había visto tan linda y humana. No entendió qué le decían sus padres en ruso, pero se volvió hacia ella con una sonrisa y la tomó de las manos. “Me salvaste la vida, amiga. ¡Gracias!” le dijo quebrándose en un sollozo apagado. Nadia bajó a su suite con su madre y la policía se despidió después de largas charlas y explicaciones al jefe.
Esa noche, el magnate invitó a Mica a sentarse a la mesa con la familia. “De hoy en adelante, serás nuestra invitada,” le dijo emocionado. “Hemos tenido el gran honor de conocerte. Mi esposa y yo queremos que pienses en qué querrás hacer con tu futuro y nosotros lo haremos posible.” Mica agradeció sin poder creer aún todo lo que había pasado ese día. Más tarde, una de sus compañeras la acompañó entre risitas a una suite de lujo para invitados donde ya estaba esperándola su equipaje y al cerrar los ojos en la cama ancha y confortable sus pulmones volvieron a llenarse de aire como cuando Charlie le había hablado del Dream of the Seas por primera vez.




[i] Pocitos es uno de los barrios más bonitos de Montevideo, la capital de la República Oriental del Uruguay. Puedes ver un par de videos de la rambla sobre el Río de la Plata en http://www.youtube.com/watch?v=Wecx5nK7gcQ y en http://www.youtube.com/watch?v=hMA4YCsKlCM&NR=1
[ii] Para los uruguayos la “garra charrúa”, que remite a la raza de aborígenes que ocupaban el territorio a la llegada de los conquistadores españoles, es ese espíritu guerrero y de lucha que caracterizaba justamente a ese grupo étnico. Con el correr de la historia el charrúa fue adquiriendo para los uruguayos connotaciones de valor, de fuerza, de fiereza, de orgullo guerrero, de victoria bélica trasladada a gesta deportiva, al igual que la palabra “araucano” para los chilenos o “azteca” en México. En el subconsciente uruguayo, la tribu indígena alejada de la complejidad y el desarrollo de otras civilizaciones precolombinas, fue tomando rasgos míticos.
[iii] En inglés: “Sueño de los Mares”. Barcos como el que describe la autora entran en la nueva categoría de “megayates”. Puedes ver algunos en estos enlaces: http://www.youtube.com/watch?v=wzYGZiV4JJk&feature=related y también, entre tantos otros, en: http://www.youtube.com/watch?v=_mhf5diIzME&NR=1
[iv] Modo familiar de referirse a la “facultad”.
[v] Saint Barthélemy, comúnmente conocida como Saint Barth, o Saint Barts, es una isla en el Mar Caribe que pertenece a Francia. Puedes leer acerca de su historia, su geografía y su cultura en http://es.wikipedia.org/wiki/San_Bartolom%C3%A9_%28Francia%29
[vi] El créole y el patois son derivaciones del francés habladas en algunas zonas del Caribe colonizado por franceses. Puedes leer más acerca de estos idiomas en http://es.wikipedia.org/wiki/Patois_jamaiquino, http://es.wikipedia.org/wiki/Criollo_haitiano

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