Sueño de los mares
(Premio julio cortázar 2012)
Mica no había trabajado nunca en
serio; sólo había ayudado alguno que otro sábado a su madre en la boutique que
tenía en Pocitos[i] y su padre,
como era habitual, la había llamado veinte mil veces para saber si estaba bien.
Había sido como un juego eso de vender una blusa a una señora dispuesta a
entretenerse en una típica mañana de aburrimiento burgués. Ella nunca sería
así. Al final su padre se había puesto tan cargoso con eso de que estuviera en
la tienda de la madre que, por no escucharlo, había dejado de ir. Detestaba
discutir. Ya de eso había habido bastante antes del divorcio de sus padres.
Para ellos el tema era que estudiara. Y en el fondo, para ella, también. Con su
memoria exacerbada y su capacidad de razonamiento innato era lo que mejor sabía
hacer, lo que había hecho siempre con garra charrúa[ii].
Así que había estudiado hasta graduarse, recibiendo a cambio casa, comida,
linda ropa, vacaciones en Brasil en el verano y semanas de esquí en Argentina
en el invierno, dinero suficiente para sus cosas y sonrisas con cada examen
aprobado con diez en la universidad privada, digna extensión del colegio inglés
donde se había formado. Pero ahora estaba a la deriva, en ese momento espantoso
en el que había dejado de ser una estudiante aventajada para pasar a integrar
el ejército de últimos orejones del tarro de los profesionales inexpertos.
En una noche de cervezas con sus
amigas en un bar de la Rambla se le había evaporado lo suficiente la timidez
como para hablar con Charlie, un inglés que andaba de paso por Montevideo. El
tipo la doblaba en edad pero tenía mirada de buena gente. Le contó de su vida a
bordo de un yate de lujo llamado Dream of the Seas[iii] y, por primera vez en la vida, Mica sintió que los
pulmones se le llenaban de aire, como si hasta ese momento hubiera respirado
sólo a medias. Charlie era tripulante del barco de un millonario ruso, magnate
nuevo del acero. En la facu[iv]
había tenido historia contemporánea y sabía que unos pocos en la ex Unión
Soviética se habían vuelto ricos de la noche a la mañana cuando el régimen
comunista cayó, comprando compañías semiquebradas al estado para transformarlas
en auténticas minas de oro.
Mica se quedó pensando. Una vida
a bordo de un yate de sesenta metros de largo navegando por los mares del mundo
sonaba a todo lo que le gustaba: mar y sol, islas de clima acogedor, silencio y
tranquilidad y, sobre todas las cosas, sonaba a estar lejos de las peleas
familiares. “¿Hay trabajos así?” le preguntó al inglés. Él le sonrió con
simpleza. “¡Claro! No es tan difícil conseguirlos,” agregó sin darse cuenta de
lo que estaba suscitando en el interior de la chiquilina refinada de ojos
tostados. “Tú, ¿cómo hiciste?” volvió a preguntar Mica. “Yo estaba cansado del
frío,” dijo el hombre. Mica lo interrogó con la mirada. “En la torre de
extracción de petróleo,” prosiguió él. “Al noroeste de Escocia; era tremendo.
Así que durante unas vacaciones en Palma de Mallorca, conocí a un tipo.”
Charlie se rió. “En un bar de la playa como éste,” dijo. “Él trabajaba en un
yate y sabía que estaban buscando tripulante.” “Te presentaste y ¿listo?”. “Sí,
y listo,” respondió Charlie quitándole importancia al asunto. Mica se despidió
de su nuevo amigo esa noche, después de intercambiar direcciones de correo
electrónico.
Al volver a su casa dio vueltas
en la cama sin poder dormir de la excitación. El sol apenas empezaba a iluminar
el Río de la Plata cuando se levantó, encendió su computadora y el teclado se
inflamó de velocidad por mil y una páginas de Internet. Todo era uniformes impecables,
aguas de estridente turquesa, barcos de blanco brillante y sonrisas de dientes
lustrosos. Lo más cercano y seguro para buscar un puesto así parecía ser Miami.
Había que llegar al estado de Florida en los Estados Unidos de un modo u otro.
Esperó a las siete y treinta y
llamó a su padre. “¿Te has caído de la cama, muñequita?” le preguntó
sorprendido. “Necesito hablar contigo, papá” fueron sus palabras precisas.
“¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿De dónde me llamas?” “Tranquilo, papi, estoy en
casa. Está todo bien. Mamá duerme y no se ha levantado ni la mucama todavía.”
“¿Quieres que te pase a buscar para que desayunemos juntos?” A eso apuntaba
exactamente Mica.
Una hora más tarde, padre e hija
se miraban en silencio frente a dos tazas de café con leche en la esquina de 21
de Setiembre y Roque Graseras. “¿Un barco?” preguntó el padre más para aceptar
la idea que esperando una respuesta. Ella fue tan convincente que el encuentro
terminó con un abrazo apretado de ambos.
Un mes más tarde, Mica abordaba
el Dream of the Seas en el puerto de
Miami. Charlie la había presentado al dueño del barco, y con la excelente
educación de la muchacha no fue difícil conseguir un puesto como stewardess. Eso era ser como una azafata en un barco, con la
diferencia de que los pasajeros serían siempre la misma familia y algunos pocos
amigos privilegiados. A Mica le pareció sencillísimo. No tenía más que ocuparse
de que la zona de estar del barco estuviera limpia y servir la mesa cuatro
veces al día. El salario era excelente y pensaba ahorrarlo casi todo, ya que a
bordo no tendría en qué gastarlo. Habría tiempo para leer mirando el mar y no
tener que escuchar a su madre despotricando contra su padre ni a él
sobreprotegiéndola como si viviera en una zona de peligro totalmente desarmada.
Un año para pensar en cómo seguir adelante con su vida.
Zarparon un día de brisa suave
con el matrimonio dueño de la nave, su hija Nadia y la tripulación completa a
bordo. Sus dieciséis compañeros de trabajo eran gente simple, como Charlie.
Ninguno había estudiado en una universidad como ella. Sólo el chef neozelandés
había pasado varios años en una alta escuela de cocina europea. Mica estaba
convencida de que el nivel cultural de esa gente no sería un problema. De todas
maneras, no tenía en mente hacerse amiga de ellos. El capitán, un escocés al
que le decían “Bart” en chiste porque se apellidaba Simpson, les había dicho
que tocarían varias islas del Caribe a lo largo de un mes y que luego Nadia se
bajaría en Miami para regresar a Harvard en el jet de sus padres. A bordo todo
se sabía porque se trataba de espacios enormes para tratarse de un barco
familiar pero exiguos en lo que a intimidad se refería.
Nadia la intrigaba. A lo mejor
porque tenía su edad, o porque después de tres días de navegación sólo una vez
había pasado a su lado y la moscovita no le había dirigido ni una mirada. Se
pasaba el día hablando por teléfono o haciéndose arreglar las uñas y el pelo
por la asistente personal de su madre. Lo que más le sorprendía a Mica era el
silencio entre ella y sus padres. En las comidas cada uno llegaba a la mesa en
el momento en que quería. El padre en general era interrumpido por asuntos de
trabajo, la madre no perdía oportunidad para quejarse ante su asistente de lo
mal planchada que estaba su ropa, insistiendo en que debía estar todo doblado
según una medida preestablecida, para que cupiera en los estantes de su
vestidor, y Nadia parecía nutrirse del aire y de buenas dosis de vodka que
nadie parecía notar que bebiera.
Mica compartía la cabina con una
venezolana muy simpática. “Lo único que le gusta a la hija del jefe es estar de
fiesta”, le había dicho la segunda noche. ¡Y vaya si ese barco lo permitía! Era
mucho más lujoso de lo que hubiera podido imaginar, con una piscina en la popa
y un jacuzzi con fondo de cristal en la proa, donde nunca vio meterse a nadie.
Una tarde, Mica estaba sentada en
la alfombra mullida del salón principal limpiando los sillones de cuero cuando
la joven rusa entró charlando por su celular. Al no percibir su presencia, Mica
se quedó quieta, casi sin respirar, escuchando. Era obvio que Nadia hablaba a
escondidas de sus padres y que se encontraría con esa persona en Saint Barth[v],
adonde llegarían a la mañana siguiente. Mica registró la dirección adonde la
rusa iría porque los próximos dos días estaría de franco y podría deambular por
el nuevo destino a voluntad. Con la excusa de que quería conocer la isla por
las suyas, al bajar del barco se separó de sus compañeros de trabajo y esperó
dentro de un taxi a que Nadia saliera del yate en una moto alucinante. No fue
fácil para el taxista seguirla por las callecitas angostas y empinadas
bordeadas de plantas tropicales, porque la motociclista parecía desesperada por
escurrirse de su vista. Finalmente la moto dobló por un sendero de tierra en la
parte alta de la isla y Mica le pidió al taxista que se detuviera y la esperara
un rato. El hombre protestó pero ella le ofreció una propina que no pudo
rechazar. Bajó del coche y se internó entre las plantas frondosas procurando no
ser vista. “¿Qué diablos estoy haciendo? ¿Me volví loca?” se preguntaba sin
detenerse. De repente oyó unas voces y se escondió detrás de la vegetación.
Hablaban en un francés raro para ella, seguramente créole o patois[vi],
según había leído, pero entendió que Nadia había llegado hasta allí para
comprar droga. ¿Qué debía hacer? ¿Intervenir? ¿Impedir que se metiera en líos o
dejarla con su vida? No tuvo mucho tiempo para pensar porque en ese momento
entró por el sendero una camioneta negra con vidrios polarizados a toda velocidad.
Dos hombres bajaron simultáneamente. Uno de ellos sacó un arma con silenciador
y mató de un tiro certero al traficante rubio y flaquito. El otro levantó a
Nadia por la cintura como si se tratara de una muñequita de trapo, la durmió
con una gasa embebida en lo que podría haber sido cloroformo y la metió en la
parte de atrás de la camioneta que su compañero había abierto. Hicieron marcha
atrás con tanta violencia que Mica tuvo que echarse de espaldas para evitar que
la atropellaran, y desaparecieron en un segundo. Un silencio de terror y de
muerte se apoderó del lugar de repente, cortado solamente por el tambor
ensordecedor en que se había convertido el corazón de la uruguaya curiosa. Se
levantó despacio. Nadie más salió de la casita alguna vez blanca con techo de
tejas viejas. Su ocupante yacía con los ojos abiertos y un gesto de sorpresa
que ya nunca perdería. Mica corrió por el sendero hasta el taxi, que había
quedado unos metros atrás por la calle asfaltada. El conductor dormía. Lo
despertó sobresaltándolo y le pidió que la llevara lo más rápido posible
nuevamente al puerto donde lo había tomado. La lancha de su jefe se mecía en la
misma amarra pero ninguno de sus compañeros estaba a bordo. La desesperación de
Mica crecía a cada instante. El Dream of the Seas descansaba blanco y bello en su ingenuidad millonaria a un par de
kilómetros de la costa, inalcanzable como de pronto se le hizo a ella toda esa
vida de lujos e incomprensión. A lo lejos le pareció reconocer una risa. Era
Charlie y un par de compañeros más, sentados ante la mesa de un bar costero.
Corrió hacia ellos mientras el llanto se le amontonaba en los ojos. Al verla
aproximarse se levantaron asustados.
Unos minutos después, se
acercaban ya al garaje del mega yate. Charlie acompañó a Mica hasta el
puente. Al ver al jefe, Mica se
dio cuenta de que el hombre ya estaba al tanto de lo sucedido. Ella no hizo más
que corroborar que el llamado que él acababa de recibir exigiendo un rescate
millonario era verdadero: Nadia había sido secuestrada. Mica respondió lo mejor
que pudo todas las preguntas. Nunca como ahora su memoria fotográfica le había
sido más útil. Pudo describir desde la Toyota RAV4 negra con su patente hasta
cada uno de los secuestradores con la precisión de una profesional y estaba segura
de poder volver al lugar de los hechos sin confundir el camino. El magnate ruso
se convirtió de pronto en un padre abrumado. La tomó de la mano bebiendo cada
una de sus palabras conciente de que de su relato dependería en gran parte la
recuperación de su hija. Llegaron unos policías vestidos de civil que montaron
un operativo como los que Mica había visto en películas de acción
hollywoodenses. Aparecieron helicópteros en el cielo y una docena de personas
desconocidas a bordo no hacían más que dar órdenes por una docena de celulares.
Un experto en identikits se sentó ante ella para empezar a reproducir los
rasgos de los malvivientes según los datos que ella prodigaba. Pensó que el
susto le habría hecho grabar sus facciones como si los hubiese conocido desde
siempre. En una hora, no había duda de quiénes eran: viejos tripulantes del
barco que el jefe había despedido por incompetentes hacía dos años.
La madre llegó al rato, cuando
pudieron ubicarla en una galería de arte local en la otra punta de la isla. Se
ubicó al otro lado de Mica, inmóvil y en silencio, mordiendo un pañuelito
bordado que ya había empapado con lágrimas de impotencia.
Los rojos del atardecer fueron el
color de la desesperación a bordo. Mica entendió el respeto y el cariño de los
tripulantes hacia el jefe con su presencia alerta en el puente y en la cubierta
superior, el dolor compartido por los padres de Nadia en el intercambio
silencioso de miradas, el esfuerzo de la policía local ante la responsabilidad
de un caso con aristas internacionales. Pensó en Nadia. No era su amiga pero
podría haberlo sido. Pidió a Dios por ella y pensó en sus propios padres.
Entendió de pronto los errores que cada uno puede cometer y las consecuencias
dolorosas que tantas veces tienen para uno y para los demás.
El sonido de un helicóptero los
sacó a todos de sus pensamientos. El jefe de policía en persona traía a Nadia,
rescatada a tiempo cuando intentaban llevársela en una lancha a otra isla. Hubo
suspiros y abrazos, aplausos y brindis. Nadia estaba descalza, tenía el
maquillaje corrido y la ropa desaliñada, pero nunca Mica la había visto tan
linda y humana. No entendió qué le decían sus padres en ruso, pero se volvió
hacia ella con una sonrisa y la tomó de las manos. “Me salvaste la vida, amiga.
¡Gracias!” le dijo quebrándose en un sollozo apagado. Nadia bajó a su suite con
su madre y la policía se despidió después de largas charlas y explicaciones al
jefe.
Esa noche, el magnate invitó a
Mica a sentarse a la mesa con la familia. “De hoy en adelante, serás nuestra
invitada,” le dijo emocionado. “Hemos tenido el gran honor de conocerte. Mi
esposa y yo queremos que pienses en qué querrás hacer con tu futuro y nosotros
lo haremos posible.” Mica agradeció sin poder creer aún todo lo que había
pasado ese día. Más tarde, una de sus compañeras la acompañó entre risitas a
una suite de lujo para invitados donde ya estaba esperándola su equipaje y al
cerrar los ojos en la cama ancha y confortable sus pulmones volvieron a
llenarse de aire como cuando Charlie le había hablado del Dream of the Seas por primera vez.
[i] Pocitos es uno de los barrios más bonitos de Montevideo, la capital de
la República Oriental del Uruguay. Puedes ver un par de videos de la rambla
sobre el Río de la Plata en http://www.youtube.com/watch?v=Wecx5nK7gcQ
y en http://www.youtube.com/watch?v=hMA4YCsKlCM&NR=1
[ii] Para los uruguayos la “garra charrúa”, que remite a la raza de
aborígenes que ocupaban el territorio a la llegada de los conquistadores
españoles, es ese espíritu guerrero y de lucha que caracterizaba justamente a
ese grupo étnico. Con el correr de la historia el charrúa fue adquiriendo para
los uruguayos connotaciones de valor, de fuerza, de fiereza, de orgullo
guerrero, de victoria bélica trasladada a gesta deportiva, al igual que la
palabra “araucano” para los chilenos o “azteca” en México. En el subconsciente
uruguayo, la tribu indígena alejada de la complejidad y el desarrollo de otras
civilizaciones precolombinas, fue tomando rasgos míticos.
[iii] En inglés: “Sueño de los Mares”. Barcos como el que describe la autora
entran en la nueva categoría de “megayates”. Puedes ver algunos en estos
enlaces: http://www.youtube.com/watch?v=wzYGZiV4JJk&feature=related
y también, entre tantos otros, en: http://www.youtube.com/watch?v=_mhf5diIzME&NR=1
[iv] Modo familiar de referirse a la “facultad”.
[v] Saint Barthélemy, comúnmente conocida como Saint Barth, o Saint Barts,
es una isla en el Mar Caribe que pertenece a Francia. Puedes leer acerca de su
historia, su geografía y su cultura en http://es.wikipedia.org/wiki/San_Bartolom%C3%A9_%28Francia%29
[vi] El créole y el patois son derivaciones del francés habladas en algunas
zonas del Caribe colonizado por franceses. Puedes leer más acerca de estos
idiomas en http://es.wikipedia.org/wiki/Patois_jamaiquino,
http://es.wikipedia.org/wiki/Criollo_haitiano
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