Algo de papá
Lo que le faltaba a Aralia era paciencia con los empleados públicos.
Al menos con los del cementerio, que le parecían una etnia especial dentro de
la raza. ¿Por qué siempre hacían esperar a la gente? Para terminar de una santa
vez con el trámite no le quedaba más que pasar el peso de un pie al otro, hasta
que el hombrecito de sombras y cenizas se dignara regresar a su lado, portando
la carpeta correspondiente a su caso.
Empleados públicos... Los detestó siempre porque de chica la obligaron
a asistir al casamiento de la Tía Dolores con uno de ellos. Era evidente que
Dolores, la segunda más asquerosa
de sus tías, no había tenido opción. Aralia estaba convencida de que nadie
podía elegir a un hombre como el Tío Francisco si no era porque las oportunidades
de encontrar un candidato mejor llegaban a cero. El Tío Francisco, además de
trabajar para una insignificante dependencia del estado, era sucio, y ése no
era el peor de sus vicios. Es que hacía ruidos, y no sólo con la boca y con los
huesos. Además exudaba un mal olor perpetuo, como si se le hubiese muerto algo
adentro y allí hubiera quedado depositado para tortura del que le tocara
sentarse a su lado. Aralia se preguntaba si tendría los poros demasiado
abiertos, porque la pestilencia le brotaba por la piel de manera escandalosa.
Pero el infortunio familiar no acababa en esa estación.
El hecho es que la Tía Clara, hermana mayor de su madre, tampoco se
había casado con un hombre normal. Al Tío Ubaldo le fallaba el azúcar. Aralia
aprendió que eso se llamaba diabetes, pero no era el nombre lo que le molestaba
sino el empecinamiento del tío por mostrarle a todo el mundo su desdicha y
hacerle pagar por ello mediante una muestra permanente de pinchazos en la panza
con una jeringa que descapuchaba con los dientes como a una lapicera y clavaba en la grasa fofa de su
abdomen, dondequiera que estuvieran, como si fuera un acto heroico. A veces le
salía una gota de sangre, que él secaba con el dedo para chuparlo a continuación.
Una vez, le ofreció la gota fresca a Aralia como quien ofrece una frutilla
recién arrancada. Estaban por empezar a comer y Aralia tuvo que correr hasta el
baño para vomitar todo el asco que le producía el mero pensamiento de esa
sangre amarga en su boca. La familia en pleno se había reído del remilgue de
Aralita, y el Tío Ubaldo se lo tomó como un número personal de circo que por
años repitió hasta el hartazgo cada vez que la sobrina compartía una reunión
familiar.
Entre las dos tías y su propia madre no hacían una mujer digna de la
más básica admiración. Inesita, la menor de las tres hermanas, se había
embarazado antes de que se le hubiese siquiera cruzado por la cabeza la idea de
casamiento. Por esta razón, Aralia sintió siempre que su ingreso al mundo había
sido obra de un estado caótico en el cielo, de un momento en que los astros
extraviaron el camino para dar lugar a ese parto inesperado. Nació en el
pasillo de su casa una madrugada en la que la neblina y una lluvia tan liviana
como terca pugnaban por adueñarse del día. Para colmo el padre esperaba un
varón. Y lo siguió esperando en vano por el resto de su existencia.
No había sido fácil hacerse querer por un padre así. Aralia lo intentó
de mil maneras: dejándose trenzar el pelo cada mañana y soportando los moños
acartonados que su madre le ajustaba aunque ya nadie los usara, sólo porque el
padre quería que estuviera prolija y decente. También se esforzaba por hacer
las mejores piruetas en su presencia para demostrarle sus innatas dotes
deportivas. Como si eso no bastara, sacaba las mejores notas año tras año
cargando con la bandera que flameaba en cada acto, amenazándola con estamparla
contra alguna pared o con hacerla remontar vuelo por los techos de la escuela.
Todo era inútil. El padre no la veía. Estaba siempre ausente, aún cuando estaba
presente, que era la peor de las ausencias.
Así transcurrió la vida familiar por muchos años, hasta que un día la
madre entró a la cocina llorando a mares y le comunicó a Aralia que se
divorciaría de su papá porque era un desgraciado de porquería. Aralia apoyó el
tazón de té con leche y no le importó que el humo de la taza le empañara los
cristales de sus anteojos. Mejor, así no veía del todo a la madre sacudiéndose
entre sollozos contra la mesa de fórmica beige. Antes que se atreviera a preguntar
algún por qué, la madre derramó todos sus venenos, acumulados por más dos
décadas de fermentación. Así, de un saque, Aralia confirmó los motivos de las
ausencias paternas: tenía otra mujer, desde hacía años, a la que le había
comprado un departamento, y un auto, cuando ella, su legítima esposa y madre de
su única hija a los ojos de Dios y la Iglesia, tenía que ir colgada del ciento
doce si quería llegar hasta Rivadavia. No querían verlo nunca más en la vida.
Aralia
escuchó el discurso furibundo sin pestañear. Imaginó que el “no querían” la
incluía, pero no osó cuestionar nada. Sintió que se le tapaba la nariz con el
dolor del corazón. No era tanto la pérdida de un padre ya que, a los fines
prácticos, nunca había tenido uno de verdad, pero algo de la imagen de una
familia en la foto quedaba borroneado, desaparecido, extinto para siempre,
igual que el proceso inverso del revelado, cuando en la emulsión van
apareciendo los contornos cada vez más precisos de las cosas retratadas.
Una semana más tarde, cuando la noticia se había esparcido por el
barrio como harina sobre la mesada con un estornudo imprevisto, Aralia se dio
cuenta de que en la casa no quedaba rastro alguno de su padre. Él se había ido
sin despedirse siquiera, tragado por el embudo de un tornado arrasador y
definitivo. La madre, presa de un afán por erradicarlo de la vida de ambas,
había logrado extirpar hasta las huellas digitales del hombre sobre los
picaportes. No quedaba una foto, ni una corbata, ni siquiera un diario leído y
puesto de manera inigualable sobre la mesa ratona. Al cabo de un tiempo, cuando
los chismes se aquietan y los recuerdos mejores parecen equiparar a los que se
han ido, todos parecían guardar en la memoria momentos con su padre, todos
menos Aralia, que estaba a punto de cumplir veintiún años.
Con la mayoría de edad, la vida le regaló de pronto un novio para la
madre. Inesita dejó de hablar del desgraciado-malagradecido de su ex para
cantar por la casa mientras se estiraba una minifalda que la hacía parecer, a
los ojos de la hija, una niña vieja. Tras cartón, llegó la noticia del
accidente fatal del padre, desnucado en un accidente automovilístico entre San
Pedro y San Nicolás. Aralia no pudo dejar de pensar que los santos no habían
estado de su lado. Cuando la madre, con el pretexto del trabajo y el apoyo
moral del novio, no quiso hacerse cargo de nada, Aralia se sonó la nariz y
juntó fuerzas para ocuparse del entierro en la necrópolis municipal. Parcela
25, lote 18. Al menos ahora sabría dónde estaba el padre de una vez y para
siempre.
Los siete años en que el Cementerio de la Chacarita prestaba su tierra
a los difuntos de la ciudad se escurrieron velozmente. La nota solicitando
la presencia de un familiar en las
oficinas del camposanto llegó a la casa de Aralia cuando su madre estaba de
viaje acompañando al viejo novio, su concubino desde hacía un lustro. Una vez
más, le tocaba a ella hacerse cargo.
Aralia seguía de pie ante el mostrador de la administración, pasando
revista por los titulares de su vida, cuando el empleado del cementerio se
dignó regresar y le hizo un gesto para que lo acompañara. Caminaron en silencio
por los senderitos bordeados de un galimatías de tumbas, cruces y flores
espantosas, mezcla de olor a podredumbre y pésimo gusto. Al llegar a la parcela
precisa, dos hombres sudados ya habían removido la tierra y apilado los huesos.
Aralia bajó la mirada al suelo y los miró con espanto y fascinación. Los restos
de su padre no parecían suficientes para formar un esqueleto completo, pero no
se atrevió a contradecir al empleado del cementerio cuando éste le anunció que
eso era todo. Ella firmó la planilla y los hombres abrieron la pequeña urna,
pero el paso seguro de Aralia los detuvo. Se acercó a los huesos y, sin
dudarlo, levantó el cráneo, cuidando que no se desprendiera la mandíbula
inferior. Con un pañuelo húmedo que tenía en el bolsillo lo limpió suavemente y
ante el estupor de los empleados públicos, se lo guardó en el bolso y se alejó
con paso corto y apurado.
Al llegar a la casa, lavó el cráneo con cuidado, lo secó con una
toalla nueva y le hizo lugar sobre la cómoda de su cuarto. Finalmente
ostentaría algo de papá.